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“aire 151 125” de Lorenzo Galgó

  • Foto del escritor: Alumbra Rural
    Alumbra Rural
  • 26 mar
  • 3 Min. de lectura

Esta exposición tiene por título aire 151 125, una secuencia de números y letras que podría haber sido otra. La fecha de la inauguración (15 del 11 del 2025) podría ser diferente, el título hubiese cambiado, el aire no. 


A Lorenzo Galgó le atraen las permutaciones: desplazar estos objetos de un espacio a otro, de una posición a otra, organizar los números y observar el espacio que ocupan, mover signos y desordenar frases para generar otros significados posibles. No hay ninguna forma cerrada como meta última, ese no es el juego. El juego es moverse y probar. Las reglas son escaparse y que en esa fuga resuenen ecos. No hay jugada final. 


La exposición que se ubica temporalmente en la biblioteca de Cuenca está formada por una serie de mesas y objetos sobre ellas, por unas sutiles intervenciones en la sala voladiza de la última planta y unas camisetas que giran por la ciudad. Pero la exposición es solo un momento de intensidad dentro de un proceso de trabajo mayor, tan amplio como respirar (¿dónde terminan nuestros pulmones y dónde comienza el aire?). Hace unos meses, Galgó estuvo trabajando junto a un grupo de alumnas del IES Bernardo Balbuena en Valdepeñas, integrando la práctica artística (la práctica de hacerse preguntas y asumir que no hay respuesta última) en un espacio educativo formal. El instituto donde se reunía con las alumnas es obra de Miguel Fisac, relevante arquitecto de un modernismo cálido preocupado por poner el peso del hormigón al servicio de la ciudadanía mediante formas orgánicas y blandas. Indagando en la obra de Fisac, Galgó se encontró con la sala voladiza de la biblioteca de Cuenca, un gesto de resistencia del arquitecto ante el “aplanamiento” de un urbanismo que genera una plomiza homogeneidad. La exposición aire 115 125 es, antes que una selección de objetos expuestos, una excusa para señalar la singularidad de esa sala y explorar su curiosidad por las estructuras que nos marcan cómo habitar. 



En una conversación con Lorenzo, describía la sala de la biblioteca como un gesto de resistencia ante el “rodillo aplanador de la modernidad”. Los objetos que sitúa sobre las mesas improvisadas (elementos que podrían servir para construir una pared temporal, por ejemplo) también tratan de resistir a un proceso de nivelación que borra la diferencia y el contexto. La arquitectura del instituto y de la biblioteca se refleja en la escala reducida de la mesa, que se convierte en una maqueta sobre la que jugar. Los libros que sitúa sobre ella se pueden leer como evocaciones de la biblioteca. No tienen un contenido fijo, son archivos con ciertas imágenes que hacer bailar con los dedos mientras nos invitan a hacer conexiones y buscar encuentros. 


Una destacada cita de Fisac proclama que “la arquitectura es un trozo de aire humanizado”. Respiramos, eso importa, lo demás es esqueleto. Hay un continuo retorcer la relación figura-fondo: la superficie se convierte en contenido, la arquitectura en gesto, el texto en escala. Lorenzo se resiste al “rodillo aplanador de la modernidad” (que ahora muta en forma de burocracia, de precariedad, de espectacularidad algorítmica…) aprendiendo a habitar la planicie para hacerla propia: interviene camisetas escribiendo versos con lejía y repitiendo imágenes son serigrafía y bordados, dejando que estas vuelen en distintos cuerpos, en una comunidad inesperada que podría aparecer en cualquier lugar de la biblioteca, de la ciudad, más allá. Así se respira, olvidando la falacia que separa interior y exterior. 


En tiempos de colapso ecológico, la arquitectura ya no tiene afuera, nos señala Timothy Morton (Arquitectura sin naturaleza, Bartlebooth, 2023). A las imágenes que llenan los libros de Galgó les sucede lo mismo. Entre el archivador de oficina y el álbum de fotos, pueden evocar rastros de una intimidad, de una memoria personal, pero en ellas reside una humanidad radical que explota el apego y, como el “aire humanizado” de Fisac, ya no podemos leer limitado a la estructura que lo contiene. Galgó nos ofrece una mirada y una intensidad: comparte pinceladas de imágenes personales -llenas de referencias, generando una inmensa red de reflejos- pero no es un texto cerrado, podrían ser otras. Lo que importa es el aire que compartimos.


 
 
 

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