Mirar con las manos. Sobre "Cerros testigos" de María Esteve
- Alumbra Rural

- 18 mar
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Dicen que hay miradas que no se posan en los ojos, sino en las manos. Miradas que tocan, que tantean el mundo como quien busca un tesoro escondido y perdido. María Esteve nos conduce hacia ese territorio donde el hacer se convierte en forma de ver, y la creación deviene acto de escucha a través de la materia genuina, de la pulsión latente, del temblor de la tierra.
Durante su residencia en Alumbra, la artista se sumergió en un proceso distinto: el desarrollo lento del trabajo manual, del diálogo con los materiales, de la observación que no busca dominar sino comprender. Allí, en ese espacio suspendido entre la luz y el silencio, su práctica se abrió a una nueva dimensión. Cada gesto se volvió pregunta; cada trazo, una manera de pensar con el cuerpo en el territorio.
La artista recorre su entorno -ahora y siempre- y recoge objetos con la disciplina de una arqueóloga. Pero su búsqueda no está guiada por la nostalgia ni por la posesión: es una práctica de observación. En cada fragmento, en cada resto, María Esteve encuentra un vestigio del paisaje que respira, de la materia que calla (o grita). Así comienza su diálogo con el mundo. Las obras que emergen de este proceso se imponen en la sala como una letanía que se escucha en el eco de una catedral. Hay en ellas una delicadeza que proviene del contacto sostenido, de la atención a lo mínimo. El color, la textura, la huella no son meros recursos formales, sino vestigios del encuentro entre el cuerpo y el entorno, la materia y el soporte. En ese diálogo silencioso, la pintura deja de ser imagen para transformarse en presencia.
Mirar con las manos es también una reflexión sobre el acto de crear; sobre el misterio que ocurre cuando el ojo cede su hegemonía y el cuerpo entero se constituye en instrumento de percepción. María Esteve nos recuerda que el conocimiento más profundo nace de la intimidad del gesto que toca, que repite, que insiste. Este conjunto de obras se presenta como el rastro de una cartografía del aprendizaje sensible, donde cada pieza guarda la memoria del tiempo compartido. En las manos de María Esteve, la mirada se hace tangible y el paisaje se transforma en lenguaje; la materia, en testigo; el arte, en una forma de manifestación. Y en esa transparencia, el arte vuelve a ser lo que siempre fue: una forma de habitar el asombro.
Gustavo Insaurralde, comisario









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