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“¿Qué es el campo? / No sé qué es el campo” de Julia Alfaro

  • Foto del escritor: Alumbra Rural
    Alumbra Rural
  • 23 mar
  • 4 Min. de lectura

Julia Alfaro parte de esta pregunta —tan sencilla como inabarcable— para articular una investigación que oscila entre la observación, la memoria y la materia. El campo no se define, se intuye. “No sé qué es el campo”, responde la artista, y en esa aceptación del desconocimiento se abre un territorio fértil para pensar el paisaje, la percepción y la experiencia.


Como en la paradoja de Berkeley —“si un árbol cae en el bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”—, Alfaro sugiere que el campo existe en la mirada de quien lo habita. El campo es una construcción mental, una cartografía íntima. Hay tantos campos como cuerpos que lo atraviesan. Quizás, el campo pueda ser el recuerdo de un paseo.

El proyecto hunde sus raíces en la estancia de la artista en Valencia, donde trabajó en Alcabuz_00, en la Escuela de Arte y Superior de Cerámica de Manises. Allí, la desaparición de los centros de producción alfarera se convirtió en el punto de partida de una reflexión sobre el oficio, la tierra y la pérdida. Su viaje a Mota del Cuervo (Cuenca) la llevó a conocer a Claudia Moreno, la última cantarera en activo. El barro que allí le regalaron, más que un material, fue un gesto simbólico: la transferencia de una tierra, de una memoria. Desde entonces, esa materia originaria ha sido hilo conductor en su práctica.


En diálogo con las tradiciones del Land art y con figuras como Robert Smithson, la conquense explora la idea de traslación: extraer materia de un lugar para hacer visible su desplazamiento, su desarraigo. Sus obras Non Sites son fragmentos de territorio que devienen pensamiento, recuerdo o cuerpo.


El museo aparece aquí como otro campo de tensiones. Un espacio que, como un mausoleo,

consagra los objetos que un día fueron útiles. En el Museo de Cuenca, donde se inserta parte de este proyecto, las piezas de Alfaro dialogan con los vestigios de la prehistoria, situándose en ese umbral donde el arte y la artesanía se confunden, donde lo ancestral se activa de nuevo


En su búsqueda de nuevas resonancias, Julia se traslada más tarde a La Bisbal (Girona), centro de referencia en artesanía cerámica tradicional. Allí, guiada por la maestra Dolors Ros perfecciona la técnica del torno y comienza a interesarse por dimensiones más performativas y políticas de la práctica cerámica.


El proceso de creación de Julia comparte similitudes con el hacer tradicional alfarero, sin embargo, entre febrero y junio de 2025 Alfaro materializa una relación poética con el cuenco. Es durante la residencia de investigación y experimentación en cerámica contemporánea Brota, en Fresca. La Nave, promovida por la artista Brenda Ranieri. Allí, el cuenco es un paisaje-objeto, pequeños horizontes portátiles que incorporan tierras, esmaltes y engobes del propio entorno. Cada pieza es un microcosmos, un souvenir del territorio y del tiempo, una síntesis entre geología y emoción. En este gesto se cruza también la práctica de artistas como Camille Virot o David Rosell, cuyas investigaciones con minerales locales abren un diálogo silencioso con la materia.


El resultado material de esta experiencia se presentó en Fresca. La Nave (Carabanchel, Madrid). Cuenco Horizonte reunió una serie de cuencos elaborados con tierras locales; Alma de cántaro, piezas antropomorfas y cacharriformes que evocan la arqueología, la memoria y el cuerpo. En ambas series, el cuenco actúa como forma sin límite, continente de materia y de pensamiento, espacio ritual donde contener y acoger son gestos equivalentes.


Los procesos alquímicos de la cerámica —el barro, el fuego, el tiempo— resuenan con las reflexiones de Masaomi Yasunaga, quien concibe el horno como una máquina de fosilización. Alfaro comparte esa mirada: en sus piezas, la materia se convierte en registro, en huella sedimentada. Un eco de civilizaciones pasadas, como en las instalaciones de Asunción Molinos Gordo, donde la tierra habla desde su propio espesor histórico.


En sala, las piezas de Julia Alfaro se disponen como si fueran cuerpos en observación. Mesas, papeles, dibujos y objetos construyen un ecosistema donde el vacío es tan significativo como la materia. El espectador se vuelve parte del paisaje: su mirada completa la obra.


Las vitrinas de la Casa del Curato—intervenidas por la artista— remiten a la estructura de un horno cerámico, de un pentagrama y funcionan como cápsulas de tiempo. Alfaro introduce en ellas nuevos signos, cartelas y fragmentos que reescriben la historia del espacio. El museo se convierte así en palimpsesto: un territorio que revela sus capas mediante la acción poética de la artista


La hoja de sala, concebida como guía literaria, prolonga esta experiencia. Su lectura no solo

orienta: también acompaña, cuestiona, abre sentidos. Las piezas, fosilizadas pero vivas, invitan a recorrer el museo como si fuera un campo, un paisaje de memorias activas.


En esta tensión entre escultura y objeto utilitario, entre instalación y arqueología, el trabajo de Julia Alfaro propone un ejercicio de escucha. No se trata de definir qué es el campo, sino de aprender a percibirlo. Su práctica nos devuelve a la experiencia primera: tocar la tierra, mirarla, habitarla. Quizás el campo —como el cuenco— no sea un lugar, sino una forma de contener el mundo.


Miguel Ángel Moreno Carretero, comisario y artista


 
 
 

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