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Entre las formas de lo ausente

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por Aurora Rodríguez

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La desterritorialización es un proceso que debilita los lazos culturales, sociales y económicos de una comunidad con su territorio. En España, esto se refleja en el éxodo rural, donde muchas personas dejan sus pueblos para mudarse a las ciudades, provocando la pérdida de identidad y memoria colectiva. Sergio del Molino, en La España Vacía (2016), analiza cómo este fenómeno ha transformado numerosas regiones, dejando tras de sí localidades despobladas y tradiciones en peligro de desaparecer.

Un ejemplo cercano es La Teja, el barrio donde nació mi abuela y que durante años su casa ha sido un un lugar de encuentro familiar. Este barrio se encuentra en Peñarrubia, aldea que ha sufrido esta despoblación y que actualmente cuenta con apenas 20 habitantes.

Este caso refleja la realidad de muchas aldeas y pueblos que han visto desaparecer sus oficios y costumbres con el paso del tiempo. La pérdida del patrimonio inmaterial es un proceso continuo, por lo que es importante recordar estos espacios y valorar su historia antes de que queden en el olvido.

Texto curatorial de Mario Guixeras

Entre las formas de lo ausente es un proyecto fotográfico de Aurora Rodríguez, que parte de una reflexión personal en torno al éxodo rural de las últimas décadas en la localidad de Peñarrubia (Albacete) y sus implicaciones socioculturales. El proyecto habita los dos lavaderos públicos del municipio albaceteño, (el de la Teja y el de los Cuartos) donde el agua siempre ha sido un recurso vital para las tareas domésticas y el cuidado del campo y
del ganado. Se trata de dos espacios marcados por la vida comunitaria del pueblo; dos puntos de encuentro fundamentales, que ahora vuelven a serlo y se nos aparecen como observatorios desde los que acercarnos a dos series fotográficas que nos hablan de su propio entorno, como refugios donde compartir una experiencia íntima y común, que revitalice estas dos formas de lo ausente.

La relación de Aurora con los contextos que habita no se alinea con la dicotomía moderna “figura-fondo” que relega al “paisaje” a un segundo plano. Por el contrario, la artista desarrolla una voluntad por tomar consciencia de un paisaje actor, compuesto por una diversidad de agentes humanos y no humanos que se co-producen constantemente. Así, Aurora Rodríguez pierde a menudo la línea del horizonte (paisaje óptico) para trabajar con un suelo que toma cuerpo (paisaje háptico), baja la mirada hacia las cosas que acontecen cerca del ojo y de la tierra, atraída precisamente por cómo éstas pasan desapercibidas.


El interés por la cotidianidad en el trabajo de Aurora se articula desde la actitud de la “flâneure” deambulando entre las calles del pueblo sin un rumbo fijo y haciendo un alto en el camino cuando sencillamente algo llama su atención, parándose unas veces a mirar, otras a charlar largo y tendido con alguien, otras a fotografiar. Se trata de un proceso que pone en valor las mecánicas lentas de percepción, que se enfrenta a los modos en que habitualmente consumimos y reproducimos imágenes, y que vinculado a un entorno como el de Peñarrubia implica una toma de consciencia sobre otros modos de relacionarnos con
nuestro entorno, quizá más orgánicos, más sensibles.


El común denominador de las imágenes que Aurora nos ofrece en este proyecto, está en su incansable voluntad de sentir cerca lo que se encuentra lejos, percibir el calor de lo que ya está frío, alcanzar a ver lo que ahora no está ahí. Acercarse a las ramas podadas de un árbol hasta dejar de oír los ruidos del entorno e imaginar innumerables relaciones que implican al árbol, a la tijera, al hombre o mujer que la sostenía, al sol que ahora da donde antes no…


La exposición recoge imágenes donde lo que denominamos “cultural” y “natural” son categorías insuficientes. Las formas de lo ausente que registra Aurora se conforman a partir de multitud de agentes que componen un ecosistema, donde las piernas de una vecina dialogan con la rosa blanca de un jardín, una pila de sacos de cemento y las huellas de una camioneta sobre la tierra. Aurora se sabe consciente de la habitual romantización del entorno rural, de cómo el tercer paisaje irrumpe con normalidad en su pueblo a través de obras inacabadas y espacios liminales, de la importancia que tiene la memoria compartida
en un espacio físico, de la inconmensurable luz que atraviesan los olivares en verano. Se sabe consciente de todo ello, y son escenarios que cohabitan. Este difícil ejercicio de des-jerarquización donde entidades de muy diversas naturalezas se entrecruzan, da cuenta de una voluntad por reanimar las imágenes como testigos de acontecimientos donde personas concretas intervienen de formas tan plurales como silentes.


En palabras de Andrea Soto Calderón “las imágenes son acontecimientos dentro del campo visual” y es que, en este proyecto expositivo, Aurora Rodríguez reconoce su función artística como la de una observadora sensible que se para a redescubrir lo que ya está ahí, sucediendo junto a ella, sin necesidad de mayor intervención que la de su cámara. Desecha así la necesidad de una producción material y objetual, en pro de cuidar a la imagen como registro espectral de las realidades que aquí acontecen en silencio.


Es importante recordar aquí que el trabajo desde la fotografía no ha de presuponer una mayor distancia “sujeto-objeto” en comparación con otros lenguajes. Habitualmente cuando miramos una imagen decimos “enfrentarnos a la imagen”, nos situamos frente a ella. La mirada de Aurora, sin embargo, tiene la voluntad de intentar colocarnos “entre” las imágenes, de hacernos partícipes de sus escenas. En uno de los lavaderos, de hecho, descubrimos una composición orgánica de fotos que se entremezclan con dos vanos rectangulares del mismo tamaño en la pared del lavadero, suscitando un juego en la mirada del espectador/a que relacione a la ventana con la fotografía, el espacio físico con el espacio representado; con la voluntad de hacer notar la porosidad y performatividad que debemos defender en la relación de la imagen con su contexto. 


La mirada poética de Aurora Rodríguez se alimenta así de todas esas cosas invisibles que forman el procomún de nuestro entorno y que se ocultan entre las formas de lo ausente. Aurora mira allí donde sólo su cámara puede devolvernos el leve rastro de un acontecimiento tan cotidiano como vital.

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El encuentro era necesario, y la elección de un lugar como Atalayas resultó ideal para conectarnos con las raíces rurales que compartimos muchos de nosotros. Conocer las tradiciones del entorno a través del programa nos permitió apreciar aún más nuestros orígenes y redescubrir el valor de estar rodeados de naturaleza, algo que enriqueció nuestra creatividad y nos brindó una pausa de la velocidad de la vida cotidiana. 

Nacida en un pequeño pueblo de apenas 3 mil habitantes, Elche de la Sierra. Mi infancia estuvo inmersa en la tranquilidad y belleza de este entorno rural. Desde temprana edad, desarrollé una pasión por las artes, lo que me llevó a estudiar Bellas Artes en tres ciudades diferentes: Murcia, Granada y Milán. Fue durante mi último año en la Accademia di Brera di Milano cuando descubrí mi sensibilidad por la fotografía y la escritura, dos disciplinas que han influido profundamente en mi trayectoria artística.

Posteriormente, realicé un Máster en Dirección de Arte y Diseño Gráfico en Madrid, completando así mi formación académica y ampliando mi visión creativa. Con un espíritu aventurero, mi obra rescata el concepto francés de Flaneur del siglo XIV, ese 'paseante' o 'callejero' cuya dedicación era pasear sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y las impresiones que le salen al paso, sin prisa y prestando atención a los detalles cotidianos y a las escenas costumbristas que le rodean. Estas percepciones se reflejan en mis fotografías y esbozos, capturando la esencia de lo que veo y siento.

Actualmente, resido nuevamente en mi querido pueblo de la sierra, donde también estoy explorando el arte de la cerámica. Volver aquí no solo responde a un anhelo nostálgico de revivir mi infancia, sino que también representa un compromiso activo por preservar y revitalizar el modo de vida rural que se está desvaneciendo. Desde este lugar que me vió crecer, continúo mi camino artístico, combinando la riqueza de mis experiencias pasadas con la tranquilidad y autenticidad de mi entorno natal.

Aurora Rodríguez

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Mario Guixeras (Madrid, 1994) es Graduado en Bellas Artes, máster en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid y máster de profesorado en Ed.Secundaria, FP y Bach. por la Universidad de Córdoba. Trabaja como comisario, gestor cultural y artista. Desde 2016 ha curado casi veinte exposiciones en instituciones públicas y privadas en Madrid, Córdoba, Sevilla, Cuenca, Ourense y Albacete. En 2024 obtuvo el Premio Cultura y Desarrollo UCLM por las Residencias Artísticas del Museo de Arte Contemporáneo Florencio de la Fuente, del que ha sido director los últimos cuatro años.

Ha realizado diferentes publicaciones, talleres y laboratorios de mediación cultural, participado en mesas redondas y comunicaciones en diferentes instituciones (Fundación RAC, C3A de Córdoba, Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Granada, Centro de Arte Contemporáneo Fundación Rafael Botí, Museo de Arte Contemporáneo Florencio de la Fuente de Huete, Universidad Francisco de Vitoria de Madrid…).

Como artista ha realizado exposiciones individuales como "Un lugar donde pasar la noche" en Galería Navel (2025), participado en proyectos editoriales como “Arte Fueradecarta” (2024), exposiciones colectivas como “La casa como reflejo en un espejo” en la Sala de Arte Joven de la Comunidad de Madrid (2023), en la Galería Jorge Alcolea, en Espacio de Dentro (Málaga)… Ha expuesto en la Feria de Arte Emergente JUSTMAD en las ediciones de 2024, 2021 y 2018, y en la Affordable Art Fair (Estocolmo) en 2016. Actualmente prepara su primera exposición individual institucional en Córdoba para Sala Galatea.


La línea de trabajo que desarrolla se centra en la exploración del concepto de lo “habitable”. Su investigación artística gira en torno a los binomios “viaje>deriva” y “construcción>relación” desde una noción del paisaje como agente significante y protagonista, alejada tanto de la percepción romántica del mismo como de su vinculación con lo estrictamente territorial, tomando consciencia del paisaje como ecosistema del que participar a través de la activación de experiencias cotidianas, generando modos de relaciones poéticas y políticas con el entorno.

Mario Guixeras

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