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IMPRONTA: tierra, carne y otras superficies

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por Rafael Garrido
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Este proyecto reflexiona sobre la idea del terreno como elemento con carga identitaria irrefutable y sobre la piel como elemento conductor de saberes y experiencias. IMPRONTA: tierra, carne y otras superficies es un acercamiento a la identidad natural de Alcaraz mediante procesos como el escaneado 3D, el textil y la escultura, buscando encontrar líneas conectivas entre estos materiales y las características tanto sociales como geográficas del territorio. Entendiendo la piel como territorio y el territorio como piel, este proyecto busca la yuxtaposición de ambos conceptos, creando piezas que dialogan entre sí y proponen nuevas ópticas para la contemplación del espacio. El tejido dérmico y sus estratos se hibridan con las membranas socio-geológicas de Alcaraz, generando nuevas superficies que invitan a la reflexión de su gente, sus caminos y fronteras. La tierra y la carne, unidas y honradas en un proyecto que reflexiona sobre la huella generada por ambas en el individuo. 

Haciendo honor a la cultura de Alcaraz, la morfología principal de las obras propuestas será el tapiz. En estas piezas el tapiz no solo es una clara referencia a las alfombras tradicionales de Alcaraz, también es el medium perfecto para representar estratos de la geografía y la piel. Este proyecto se concibe como una serie de varios tapices dispuestos de forma vertical en los que se pueden apreciar la yuxtaposición de diferentes técnicas y materiales (arcilla, fotografía, látex, silicona, algodón, papel, etc) con el fin de representar fragmentos de la identidad de Alcaraz. Estos fragmentos o “capas” conceptuales, serán la epidermis, dermis e hipodermis que constituyen la piel cultural, geológica y social del territorio. En contraposición a lo matérico de los materiales mencionados, se propone también realizar tapices virtuales en los que los escaneos de los territorios se convierten en textiles que modelar para la creación de nuevos tejidos proyectados. 

Texto curatorial de Rafael Jiménez

En un verano tórrido (casi un oxímoron, pues todos tienden a serlo, pero quizá ahora un poco más por todo aquello que ya sabemos y podemos creer o no, según algunos), tiendo a observar, sobre todo al salir de casa, cómo mi piel reacciona al calor y al sol. El sudor, el picor en las partes tatuadas de mi cuerpo, el tacto de los pies sobre el suelo —calzado o no— rezuman un sopor que invade todo el espacio corporal. Quizá mi ADN cordobés acepte con cierta naturalidad que el terreno y ciertos momentos del día son hostiles para simplemente ponerse bajo el cielo, aunque en cierto modo “se aguanta” , sin parar de
repetir que es “insoportable”.


Mi piel no es la misma que hace veinte años. Observo desde cerca, en el espejo, marcas que ya atisban el paso del tiempo, que, aunque aún no hacen una mella que me haga temer a ese “yo” mayor, me demuestran que ya poseo huellas de mi paso por el mundo. Están en los poros, en las imperfecciones, las cicatrices, las nuevas canas, el propio gesto que se va endureciendo.


Casi como tierra o barro, siento que se moldea según el modo de vida, la actividad o el simple hecho de esperar y ver cómo todo va cambiando. Desde cualquier distancia, la superficie de algo no es más que el estrato superior de algo oculto, con la diferencia de que atravesarla o no devuelve distintas consecuencias. Yo soy esa imagen, y esa cobertura porto.


Lo superficial, como concepto, no necesariamente alude a su acepción como algo sin solidez o sustancia. Pensemos en la tensión superficial del agua del mar y la profundidad que alberga. Pensemos en la tierra junto a un árbol que explora el subsuelo en un laberinto exquisito de raíces que extraen alimento. Volvamos a pensar en la piel y en su aparente debilidad, siendo el órgano más extenso del cuerpo. Lo relativo a la superficie, a lo externo, dota de tanta identidad e importancia como el interior a lo sustancial u oculto. Rafael Garrido explora todas las tensiones entre ser y territorio a través de las cargas
conceptuales de sus superficies: carne y tierra, piel y hormigón, tacto y corteza. Terreno y cuerpo como portadores de huellas; cuerpo y terreno como actores que dejan huella. En una estrategia brillante, Rafael, desde el juego con las escalas macro y micro, reproduce y explora las texturas que el territorio proporciona (en este caso, Alcaraz, lugar de la residencia), y una observación casi científica sobre la piel son extrapoladas a modo de tapices, objetos de valor artístico que, a través del tejido y la textura, cubren paredes o suelos desde el antiguo Egipto Como textiles, son los que nos cubren, abrigan y protegen.


En una práctica cercana a lo instalativo, el terreno expandido que defendiera Rosalind Krauss como aquello que necesita salir de su propio marco, y lo inmaterial desde el escaneado 3D, que además de proceso preparatorio propone resultados finales como estudios de campo que se sostienen como obra en un tacto imposible, Rafael habla no solo de la textura, sino de cómo lo somos nosotros en relación con lo que nos rodea, y cómo todo lo que nos rodea es un ruido táctil que otorga identidad y capacidad de cognición a un lugar.


Cuerpo y lugar unidos en un paisaje expandido, en el que el pelo, la vena, la veta o la grieta aparecen desde el plano del dibujo a través del bordado, la representación fotográfica y la propia técnica escultórica, haciendo uso de la tecnología actual junto al trabajo y oficio tradicional. Esto es: habitando, desde la práctica y la reflexión, el mundo que le rodea.


Si recordamos el trucaje de cámara en el brillante clásico de la ciencia ficción El increíble hombre menguante (1957), de Jack Arnold, en torno a la novela de Richard Matheson, su protagonista, Scott, menguaba día a día tras un extraño fenómeno al atravesar una nube en  el mar, disminuyendo tanto su tamaño que el propio espacio del hogar se convertía —ni no primero— en un nuevo territorio a descubrir desde una mirada que ya no podía abarcar una
habitación, hasta un peligro en el que ser atacado por un gato o simplemente subir una escalera se volvía un desafío extremo. La tecnología del momento nos hizo pensar en un nuevo mundo y una nueva escala para los objetos, en el que, una vez más, lo superficial escondía una nueva realidad con un simple ejercicio de pensamiento. El cuerpo y el espacio ahora estaban en desventaja, y el que dejaba huella en el espacio pasaba a ser devorado
por él.


En definitiva, una interrogación constante en el arte contemporáneo y sus herramientas, y en la obra de Garrido: ¿quién soy?, ¿qué espacio habitamos?, ¿quiénes somos?, ¿y en relación con qué? Si atendemos a la última reflexión del personaje: “Si la naturaleza existe en niveles infinitos, también existirá la inteligencia”, podemos comprender que toda esta suma de texturas y reflexiones entre sus relaciones son una obligación si de verdad queremos estar en el mundo.

Texto curatorial de Rubén Serrano

Yo rondaba en carne viva
por donde quiso mi suerte.
Si será grande el castigo
que hasta la sombra me duele*.

En un acto devenido, nuestro cuerpo se dirige hacia el encuentro con la sala de exposiciones mientras se prepara para recibir un estímulo organizado que va a desencadenar todo el mecanismo perceptivo al mismo tiempo. Tanto es así, que lo que parece originalmente una comunicación espontánea guiada por la experiencia estética, está en efecto dirigida por la máquina total de la carne y por la guía sensorial de la piel. En este sentido, la función del organismo en la percepción de los estímulos es, por así decirlo, “concebir” cierta forma de excitación. Esto es justo lo que tiene que pasar, inevitablemente, si estamos dispuestos a ello, a dar nuestro cuerpo para que definitivamente superemos las ataduras de la cualidad sensible. En la obra de Rafael Garrido, por fin, de una vez por todas, el conjunto de trozos de carne dará habida cuenta que no existe sin referenciarse a sí mismo en su mismidad. En la lírica popular manchega encontramos al cuerpo como el recipiente del dolor, de la angustia del tiempo, de las punzadas del desamor o de las pulsiones contra la injusticia, como si existir estuviera ligado sin remedio al padecimiento, que siempre tiene que ver con lo que está fuera.

De esta manera lo condicionan los sentimientos populares, aunque consigue elevar la anécdota a categoría y sostenerse en las palabras de Merleau - Ponty cuando asegura que no puede comprender la función del cuerpo viviente más que llevándola “yo mismo a cabo y en la medida en que yo sea un cuerpo que se eleva hacia el mundo”.

Cadena que me aprisionas,
calabozo, aquí me tienes.
Pague mi cuerpo el delito
y no padezcan mis bienes.


Esta propuesta es sin duda, una trama viviente de saberes en expansión, donde lo manual se entreteje con lo simbólico, llegando a generar un pensamiento que va a ser nómada y que se arraiga sin fijarse, expresando territorios más allá del mapa. Llegados a este punto, vamos a caminar hacia el límite del ser-otro, en tanto su capacidad de devenir, queriendo superar los límites del ambiente cultural para defender con vehemencia los atributos del arte contemporáneo como propiciador de intercambios de herencias sociales y entendimiento entre comunidades. En lo sucesivo, lo textil será referenciado como algo más que la superficie o el revestimiento, un proceso material que construye una conexión eficaz que interviene sin titubear, directamente en la relación entre el cuerpo y el espacio. En el conocimiento de Sara Coleman, los medios textiles son estructuras relacionales, transdisciplinares, que van a generar sensaciones hápticas, para lograr la activación de los estímulos organizados que hemos tomado como referencia para el estudio del cuerpo.

 

De esta manera y en la misma línea, hay que pensar cómo lo textil se despliega desde lo íntimo, en la piel y en lo corporal, hasta lo doméstico y lo arquitectónico, para hacer de bisagra conjunto a las experiencias simbólicas, que le son consustanciales.

Despierta si estás dormida,
tiempo tendrás de dormir,
que mientras abres los ojos
entra mayo y sale abril.

En profundidad, la piel es un elemento que resulta clarificador si se entiende su capacidad para establecerse como testigo de paso entre lo interior y lo exterior, una realidad indispensable cuando se atraviesa el umbral de los conceptos. Es absolutamente necesario saber que no hay otro camino para conciliar el cuerpo con el territorio, más aún en su ruralidad. Entonces, la piel es el lugar donde el cuerpo se abre al mundo y en una concepción multidimensional, más allá de la función biológica, se convierte en un espacio que alberga lo existencial, lo político y lo cultural. La piel es el registro visible del abrazo entre el cuerpo y la tierra, entre el trabajo físico, la historia, la memoria y la resistencia. Además de ello, tiene que ver con un movimiento constante que podríamos definir como tensión, que enfrenta constantemente las inercias de un sistema productivo que avanza hacia el colapso total, que puede analizarse sin desvincular al sujeto de su contexto de origen.

 

Sucede en muchas ocasiones, sin parar, poniendo en valor las tensiones persistentes entre los binomios: tradición-modernidad, natural-artificial, existir-resistir.

Esquilones de plata,
bueyes rumbones,
esas sí que son señas,
de labradores.
Ya se está poniendo el sol,
ya dan sombra los terrones
y al bolsillo de mi amo le están entrando temblores.
Cuando corta las espigas
va cantando el segador,
el amo se lleva el trigo
y a mí hambre me dejó, !y qué grande es mi castigo!

*Todas las composiciones que acompañan al texto han sido extraídas de la tradición oral recopilada
sobre la lírica popular manchega.

¿Qué esperas del programa Alumbra Rural?

Espero que sea el ecosistema perfecto para la creación y el intercambio

de conocimientos.

Rafael Garrido_Alumbra Rural.jpg

La investigación personal del artista está estrechamente ligada al cuerpo, la carne, la identidad, la tecnología y el entorno; centrándose en la relación entre estos conceptos y en el estudio de nuevos materiales y representaciones para su representación en el campo plástico, instalativo y audiovisual. Profundamente interesado en la anatomía, la antropología, lo virtual y lo matérico, su investigación busca crear relaciones estrechas entre obra, espectador y entorno. La piel y la carnalidad humana es usada como catalizador objetual, presentando nuevas experiencias de carácter híbrido entre lo sublime y lo casi monstruoso en las que el individuo es empujado a reflexionar sobre sí mismo y lo que le rodea. Conceptos como la transformación , la identidad individual y colectiva, el paisaje social, así como la muda y el desprendimiento son motores de creación para la obra, los cuales se ven reflejados en todo tipo de piezas de carácter gráfico e instalativo en las que mezclan todo tipo de disciplinas tanto analógicas como tecnológicas.

Rafael Garrido

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