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“La casa, la liebre y la niña” de Nené Rodríguez. Un hogar es solo cuestión de tiempo, una casa es todas las casas

  • Foto del escritor: Alumbra Rural
    Alumbra Rural
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

Una de las citas que recuerdo más a menudo relacionadas con el mundo del arte es la respuesta de la artista Esther Ferrer a la pregunta “¿Qué es el tiempo?” Con la tranquilidad y rapidez de quién habla con propiedad, Ferrer contestaba casi al segundo, “No sé qué es el tiempo, pero sé que deja huellas”. El paso del tiempo es una medida de las cosas inexactamente precisa. Es el tiempo quién nos modela y quién nos hace preguntarnos, sea cual sea nuestra etapa vital, dónde empezamos y dónde terminamos. Dónde empezamos y dónde terminamos como relato, como retrato, como ser que en su recorrido entre principio y final configura toda una serie de vivencias, acciones y concatenaciones que se relacionan con una historia mayor, la del mundo y a la vez de nuestro mundo, esto es, la de nuestra propia memoria y contexto. Somos huellas de otros y dejamos huellas en los demás. Una manera de comprender estas huellas y ese contexto es interrogarnos por nuestras raíces, la huella heredada, una preocupación nada extraña en la juventud porque en momentos de pérdida nos permite al menos imaginar un origen y un sentimiento de pertenencia, de propiedad y a la vez adherencia a algo mayor que nosotros mismos y a lo que podemos honrar o confrontar según el caso. Y en esta pregunta por el arraigo, lo más inmediato, lo que nos rodea, son la familia en el sentido más amplio de la unión, y el hogar, en el sentido más amplio del término.


El hogar, ese lugar o espacio cohabitado o no en el que uno puede sentirse seguro y protegido, en su sitio, a salvo del mundo, del depredador, del peligro que aceche sea cual sea aparece como refugio para el individuo y la familia, explicando en buena medida como somos o en que nos convertimos durante el paso del tiempo. Sin embargo el hogar y su estructura física, su arquitectura, la casa, en ocasiones no es ese lugar de salva como en los juegos infantiles. Llegar a casa en el escondite es estar a salvo, pero a veces lo que aguarda en el interior de la casa no es aquello que inspira tranquilidad, sino que exhala como pulmón enfermo un aire enrarecido que nos envuelve, marca y cohíbe. La casa puede ser una jaula, el hogar un sitio que nos coacciona y la familia un espacio de conflicto donde no fluye todo lo que debería. Somos tiempo, huellas, raíz y memoria, somos cobijo igualmente de vivencias y habitantes del espacio del hogar hasta tal punto que nosotros mismos somos estructura, arquitectura y casa de todo un universo único y a la vez común en nuestra relación con el mundo. Vivimos la casa, somos casas y en todas tiene cabida el conflicto. Heredamos vicios y virtudes, filias y fobias, queramos o no somos deudores de todos nuestros antecesores inmediatos desde la cercanía o el deseo de huida.

En la línea de autores como Louise Bourgeois, o Georges Perec, Nené Rodríguez aborda desde la práctica artística todos estos interrogantes y tensiones en una búsqueda constante no de una verdad absoluta o respuesta concreta, sino como una exploración del qué somos tan honesta como necesaria. Al fin y al cabo todas las familias se parecen, en todas las casas cuecen las ollas y una casa puede ser todas las casas cuando sintetizamos todos sus elementos. La niña, Nené, o todas las niñas que habitan el espacio doméstico como el laberinto que describe el Asterión de Borges, buscan salida en las grietas, rincones y fallas de la casa para no ser absorbidas por la inercia o el pago obligatorio de la pertenencia a un modo de vida en ocasiones estanco, que articula la existencia en el hogar como asunción del paso del tiempo y la raíz como origen definitorio. Como en sus mujeres-casa, a veces no podemos escapar del plano físico y sus límites pues nosotros mismos somos, queramos o no habitantes y reos del espacio doméstico, personas-casas a la vez que hogares en potencia.


Desde un dominio del dibujo y un afán experimental para con los medios artísticos a su alcance y una sensibilidad especial para ordenar de algún modo aquello que nos conmueve pese a no tener un orden establecido, Nené nos invita a ser liebres como contrapartida y símbolo de libertad, a escurrirnos entre la maleza y no ser presa de la casa-jaula, a deslizarnos con agilidad cual habitantes de un tiempo líquido, a escapar incluso de lo que creemos que somos; huella, memoria, herencia, deuda, tiempo, casa raíz y cuerpo. Como casas andantes somos nuestra historia y las venideras, somos lugar y construcción, somos principio y fin de nuestro propio relato. Como liebres que veloces se mueven por el terreno incierto porque la vida va muy rápido y no nos queremos quedar atrás. La casa, la liebre y la niña conjuga todos estos elementos desde la plástica, desde la sinceridad del dibujo, la humildad del barro, la realidad de la fotografía, la huella del grabado, la marca de la intervención directa en sala o la delicadeza del libro de artista. Desde el tacto y sensibilidad del que aflora y nos expresamos sobre todo aquello que por pequeño que sea no es menor, nos preocupa y conmueve.


Rafael Jiménez, comisario y artista





 
 
 

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