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“Las paredes cantan” de Vera Garcés

  • Foto del escritor: Alumbra Rural
    Alumbra Rural
  • hace 5 días
  • 3 Min. de lectura

En Alcaraz, entre los restos de una antigua fábrica de ladrillos, Vera Garcés encuentra restos del paso del tiempo: las del barro recogido a mano, las de los hornos que moldeaban tejas y ladrillos, las de un oficio transmitido de cuerpo a cuerpo. Pero también se siente el silencio, ese que deja la despoblación y el abandono.


La historia de este lugar está marcada por la figura de Félix “El Tejero”. Molinero en Yeste, se trasladó a Alcaraz para iniciar un negocio en la fábrica de su tío. Junto a un tejero, fabricaban tejas y ladrillos de forma artesanal: el barro se recogía de canteras cercanas, se transportaba en carretillas, se amasaba con los pies y se moldeaba en piezas de madera. Con esta producción se levantaron muchas casas de Alcaraz y se exportaron materiales a pueblos próximos. Más tarde, la fábrica incorporó maquinaria amasadora traída de Murcia, pero mantuvo su carácter ligado al trabajo manual. En sus hornos, primero árabes y después de leña, se cocían piezas diversas, desde ladrillos refractarios y bilbaínos hasta pequeñas cerámicas. En el patio, un huerto y un cerezo completaban la vida cotidiana de este lugar.


En el intento inicial de jugar a convertir el ladrillo en un instrumento, Garcés descubrió que, si bien el ladrillo no podía generar sonidos por sí mismo, sí podía transportarlos y amplificarlos. Al unir varios, el sonido se extendía a través de todos ellos, como un refrán que pasa de boca a boca, de generación en generación. La artista comprende que no era necesario imponer un lenguaje externo ni modificar el material con prótesis para forzar un silbido. Lo esencial era escuchar hasta entender su propio lenguaje. Así, el proyecto pasó a ser una conversación con la materia, un diálogo con la tradición oral y artesana, el desarrollo industrial y la despoblación rural.


El trabajo de Vera se inscribe en un linaje de artistas que han abordado la cerámica como memoria comprimida, como vehículo de transformación, como archivo. Desde la monumentalidad silenciosa de Claudi Casanovas —que entiende el barro como tiempo mineral y político— hasta las prácticas textiles y objetuales de Elena del Rivero, que abordan lo doméstico como espacio de resistencia y memoria, o los trabajos de Pedro G. Romero, que recuperan y desplazan los saberes populares, Las paredes cantan conecta arte contemporáneo, patrimonio inmaterial y activación comunitaria.


El montaje se presenta en el patio de la Casa de la Vicaría, un edificio emblemático del patrimonio histórico de Alcaraz. Allí, donde los propios muros y suelos de ladrillo dialogan con la memoria material del pueblo, encontramos ladrillos recuperados de la fábrica, convertidos en altavoces pasivos que amplifican los sonidos producidos por instrumentos de viento y percusión elaborados con la misma arcilla local que pueden manipularse. El público no es mero espectador, sino participante: invitado a interactuar, a producir sonidos, a afinar su escucha, pero también su mirada y su tacto. Como afinadores invisibles , como esos antiguos lumière que calibraban la luz y el sonido antes de una proyección o un concierto , los visitantes ajustan, prueban, modulan el espacio sonoro con su presencia, haciendo del patio no solo un lugar de contemplación, sino también un campo de juego colectivo.


Las paredes cantan es un ejercicio de mediación cultural que conecta historia oral, patrimonio material y participación ciudadana. Un recordatorio de que la memoria no es un relato fijo, sino una materia porosa que se reactiva en cada encuentro. Como las ocarinas, silbatos y goteros de barro, o como los pájaros que sobrevuelan el pueblo, estas voces mínimas, cuando se escuchan juntas, transforman el paisaje. Y por un momento, entre lo que fue y lo que será, el lugar canta.


Carlos I. Faura y Teresa Ases, comisarios y directores de Alumbra Rural









 
 
 

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