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“La forma que emerge” de Amanda Peña

  • Foto del escritor: Alumbra Rural
    Alumbra Rural
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Una serie de estructuras surgen del corazón de la tierra, como si fuera una manifestación de la propia naturaleza. Las arquitecturas circulares y concéntricas de Amanda Peña se elevan hacia el cielo, desafiando la gravedad y la lógica. Es como si hubiera encontrado una forma de fusionarse con la tierra misma, creando una obra que media entre lo orgánico y geométrico. Las líneas curvas y sinuosas de sus estructuras parecen brotar de un estrato inferior, como si fueran raíces que se han transformado en columnas y otros vestigios arquitectónicos. Sus estructuras verticales, a las que dedica una notable presencia escénica para esta exposición, no solo son una forma de expresión artística sino también un espacio que invita a la reflexión y la contemplación. La forma de posicionar este conjunto de estructuras en el espacio nos remite sin duda a las siete torres (en este caso diez) del artista Anselm Kiefer, unas estructuras que pertenecen al pasado o al futuro, pero no sabemos si al presente, cuya ordenación cabalística permite un número infinito de conjeturas. Al igual que Kiefer, sus “torres” parecen referenciar ciertos niveles de espiritualidad, conformando una potente combinación entre arte y mística, un desafío a la inteligencia.


Amanda Peña posee una especial fascinación por la chimenea industrial, concretamente en el enclave manchego de Puertollano, símbolo del patrimonio industrial. Una construcción que irrumpe y otorga una especial identidad en el paisaje. Es sin duda un recordatorio a las raíces de esta artista, lo que la lleva a profundizar sobre el patrimonio en esta área rural. A ello se suma el papel de la elaboración de piezas cerámicas y de ornamento, el objetivo utilitario y decorativo o la producción de tinajas, algo en lo que Peña se apoya para reinterpretar la historia de la región, otorgando nuevos significados, revisitando la identidad cultural y la memoria, lo que conduce a la posibilidad de crear nuevas narrativas visuales, algo especial en el trabajo de un artista. Queda latente, por el sentido reduccionista de las formas habituales en sus esculturas, que el ser humano hubiera hecho un ejercicio de “rehacer” una gran acumulación de partículas, aquellas que podían pertenecer a un a un caos y que hubo que volver a reorganizar, para evitar un universo falto de cohesión y de sentido. Allí donde el ser humano, después de una etapa de rendición, puede lograr contribuir con una reparación coherente, aportando de nuevo fe al mundo de lo material.


En esta misma línea conceptual, presenta su instalación Pozos y Castillos, un ejemplo notable de cómo su obra puede evocar la mineralización de la tierra y el paisaje industrial en relación con lo rural. Estas cerámicas por su forma y textura o concretamente por su manera de jugar con los esmaltes nos recuerdan a algo férrico, algo metalúrgico, como si estuvieran excavadas directamente de la tierra. Esta fusión de lo natural y lo industrial crea un diálogo interesante entre la naturaleza y la intervención humana, invitando al espectador a reflexionar sobre la relación entre el paisaje y la actividad industrial. Aquí de nuevo, volvemos a señalar la importancia de contextualizar el trabajo artístico de Amanda en su enclave geográfico, donde la industria del carbón también tuvo un papel importante durante los siglos XIX-XX.


Amanda Peña reconoce en su proceso creativo el desafío que contiene la exploración de los modos de hacer que caracterizan a la práctica artesana, como la repetición y la falta intencionada de experimentación, pero también busca distanciarse de la tradición artesanal al adoptar un enfoque al que ha denominado en anteriores proyectos, un “no hacer artesano”. Este método propio de trabajo le permite fusionar la conceptualización y la práctica, creando obras que son a la vez visualmente impactantes. Esto no quita de su interés por mostrar los entresijos de su proceso creativo, invitando al espectador a reflexionar sobre la naturaleza de su obra, la que hace convivir de una manera lúcida, con la propia idiosincrasia del Museo Ruiz de Luna.


Sandra Val, comisaria y artista


 
 
 

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